sábado, 28 de diciembre de 2013

Cuento de Navidad

Cuento para la noche del día veintidós de diciembre de 2013

Pedro de las Heras Quirós

El regalo tardaría en llegar unos días. Era domingo, día 22 de diciembre, por lo que faltaban aún dos largas noches antes de que Santa Claus llegase a casa de Pedro. No podía esperar tanto, sobre todo después de haber visto unos vídeos en YouTube en los que Mario y Luigi correteaban por un mundo en tres dimensiones, en uno de los juegos de la consola Wii U que tanto ansiaba Pedro.

La impaciencia hacía que se comiese las uñas, y que no atendiese a las llamadas de su mamá, que estaba tocando el piano esperándole para que practicase una bourrée de Bach que Lourdes, su profesora de piano, le había comenzado a enseñar el día anterior.
Su mamá, cada vez más enfadada, se cansó de esperarle durante tanto tiempo en el piano y fue a sentarse en el sofá junto al papá de Pedro, quien estaba escribiendo un cuento de Navidad para leérselo aquella misma noche.

Aquel domingo 22 era muy especial ya que por la tarde toda la familia se reuniría en el colegio para asistir al Auto de Navidad en el que Pedro tenía que interpretar el papel de un pastorcillo que ofrece al recién nacido su capuchita. Había pasado muchas semanas ensayando la canción, una de cuyas estrofas interpretaría como solista pocas horas después: "Todos le traen un regalo, yo no tengo que ofrecerle, le daré mi capuchita, por que se tape si llueve".

Pedro estaba enfadado con su papá por dos razones. En primer lugar, porque no le dejaba seguir viendo más vídeos del juego Mario 3D World, y en segundo lugar porque su papá le había dicho que le iba a escribir un nuevo cuento en el que Pedro sería el protagonista. Su papá pensó que le haría ilusión, pero qué va, todo lo contrario: Pedro no quería que su vida fuese contada a otros niños como si de un cuento se tratase.

Enfadado, y ansioso por que llegase por fin la noche del día veinticuatro, ya no podía aguantar más: necesitaba que Santa Claus, o cualquier otro, llegase en aquel mismo momento con el regalo que tanto ansiaba: una consola Wii U para jugar a Super Mario 3D World. El tiempo se le hacía eterno a Pedro, la vida no tenía sentido para él si no era jugando con Mario, Luigi y los demás personajes que saltaban a su alrededor en todos los vídeos del juego que había estado viendo durante la mañana. Su cabeza iba a estallar, no podía soportar la impaciencia ni el enfado doble con su papá ni un minuto más, por lo que rompió a llorar.

De repente se oyó un ruido enorme en la calle, justo al otro lado de los balcones del salón en el que los tres estaban sentados. Pedro dejó de llorar en el acto, miró a sus papás asustado, y vio que estos estaban tan impresionados como él por aquel gran estruendo. Una luz azulada muy potente comenzó a entrar por el balcón que daba a la calle. Al principio era una luz agradable que tiñó de azul la estancia. Pero poco a poco la luz se fue haciendo más intensa y blanca, hasta llegar a molestar a la vista. Tanto, que instintivamente Pedro y sus papás se llevaron las manos a los ojos para evitar que la luz, ahora ya cegadora, les hiciese daño.

Cuando aún tenían los tres las manos sobre los ojos el balcón se abrió. No pudieron ver qué ocurría pues la luz hacía que tuviesen que seguir apretando las manos contra sus ojos. Tras abrirse de par en par los postigos del balcón y golpear la pared sintieron el intenso frío que hacía en la calle. Pedro y sus papás estaban en pijama, con las manos aún fuertemente apretadas contra los ojos, y comenzaron a tiritar.

Cuando aún mantenían sus ojos tapados se oyó un nuevo golpe que si bien causó menor estruendo, no fue menos inquietante pues se había producido allí mismo, en el suelo del comedor, al lado del balcón, justo a sus pies. Era un ruido sordo, como si alguien hubiese lanzado un saco grande de patatas y éste hubiese caído a los pies de Pedro y de sus papás. La luz seguía siendo muy intensa, tanto, que seguían viéndose obligados a tapar sus ojos con las manos, lo que les impedía ver qué estaba ocurriendo en la calle, qué estaba ocurriendo delante de sus narices, allí mismo, en el suelo del comedor en el que unos segundos antes estaban discutiendo como tantos otros domingos del año.

Pedro estaba paralizado, tanto o más como sus papás. Ninguno se atrevía a decir nada. Pasaron no menos de diez segundos que a Pedro le parecieron interminables sin que se oyera nada, durante los cuáles trataba de imaginar qué podía haber producido aquel ruido, como de saco de patatas. Era lo último que habían percibido sus oídos antes de que el silencio que ahora les rodeaba hubiese comenzado.

De repente el saco de patatas dijo algo: "Ho, Ho, Ho".

Pedro tembló. Su mamá gritó en un primer momento y empezó a retirar poco a poco los dedos de su cara, pues ahora la luz se había atenuado y ya no hacía tanto daño a los ojos. Pedro también apartó su mano derecha y pudo ver cómo el saco de patatas no era tal, sino un vejete con barba blanca y mejillas sonrojadas, regordete, vestido de verde y blanco, que sostenía una botella de Coca Cola medio vacía en la mano. El resto de la Coca Cola se había derramado por el salón, sin duda como consecuencia del golpe que se había dado el vejete tras entrar abruptamente por el balcón.

¿Qué hace aquí este tipejo?, pensó el papá de Pedro sin atreverse aún a increparle por haberles dado aquel susto tan grande a él y a su familia. ¡Qué suerte he tenido!, pensaba Pedro, quien no apartaba la vista de los ojos de aquel señor que, sin duda, no podía ser otro más que Santa Claus, o al menos eso deseaba Pedro.

"Voit pyytää syystä vierailuni", dijo el vejete regordete en una lengua extraña que ninguno de los tres entendió. Sorprendido porque ni Pedro ni sus papás le entendiesen, repitió entonces, esta vez en español, las mismas palabras: "Os preguntaréis por la razón de mi visita". El papá de Pedro asintió con la cabeza, frunciendo el ceño con cara de muy pocos amigos. Por su cabeza pasaba la idea de lanzarse sobre el vejete e inmovilizarle pues, a pesar de su afable sonrisa, se trataba de alguien que había entrado en la casa por el balcón haciendo un ruido enorme y, para colmo, había derramado una pegajosa Coca Cola sobre la alfombra del salón. Aquello no le hacía ninguna gracia e imaginaba que su mujer estaría enfurecida. Sin embargo, a juzgar por la expresión de su cara ella no parecía preocupada por el destrozo ocasionado. La mamá de Pedro miraba fijamente al vejete regordete y risueño pero no parecía que estuviese enfadada. Antes al contrario, el papá de Pedro pensó que a su mujer aquel incidente le estaba empezando a resultar divertido.

El salón ahora ya estaba helado debido a que el calor se escapaba por el balcón abierto de par en par, lo que contribuía a empeorar el humor del papá de Pedro, quien no podía soportar que la energía se escapase por ninguna rendija de puertas o ventanas. Hacía muchos años que había instalado burletes en cualquier mínima rendija por la que pudiera escaparse el calor de la casa. Ver ahora en pleno invierno el balcón abierto de par en par por el que se estaba escapando todo el calor de la casa le irritaba profundamente.

El papá de Pedro explotó y le dijo al vejete con voz elevada y muy irritado: "Espero que no se haya hecho Vd. daño señor. Si no se encuentra usted bien díganoslo y le atenderemos. Pero si está usted bien, por favor, respóndame si puede a esta simple pregunta: ¿por qué diablos ha entrado usted en mi casa por el balcón en lugar de llamar a la puerta como acostumbramos a hacer en España?". El vejete no se alteró y con su misma cara sonriente le contestó de inmediato: "He venido a corregirte hijo.
Cada vez que alguien, en cualquier lugar del mundo, escribe algo sobre mí, soy informado en el acto. Hace tan solo unos minutos, cuando estaba de camino a Botswana para participar esta tarde en una cacería de elefantes, he recibido en mi móvil una llamada de las oficinas de Coca Cola en Atlanta para informarme de que alguien en Madrid estaba escribiendo sobre la compañía. Vamos, sobre mí en concreto. Me han dicho que estás escribiendo un cuento de Navidad para tu hijo. Me he puesto a leerlo en el trineo, y cuando he llegado al primer párrafo en el que mencionabas que había entrado en tu casa me he enfadado mucho".

El papá no podía creerse lo que estaba oyendo. No hacía ni media hora que había comenzado a escribir un cuento para Pedro en su ordenador, en el que efectivamente mencionaba a Santa Claus y a la compañía de refrescos Coca Cola. Si no estaba soñando, ¿cómo podía ese vejete saber lo que acababa de escribir en su ordenador? ¿Por una llamada de la Coca Cola? ¿Quién en esa compañía, y cómo, sabía lo que estaba tecleando tan sólo unos minutos antes? La cabeza le empezó a dar vueltas, y siguió escuchando lo que decía el vejete: "Te estarás preguntando por qué me he enfadado. Pensarás que soy puntilloso, pero desde que trabajo para Coca Cola, hace ya varias décadas, mi traje no es verde y blanco, sino rojo y blanco. Sin querer entrar en detalles, no está permitido representar a Santa Claus con una imagen distinta a la oficial, es decir, con traje rojo y blanco. Te ruego hijo que cambies lo que has escrito, o de lo contrario tendrás problemas con mi compañía. No te asustes. Normalmente sólo visito a la gente que habla mal de mí. No es tu caso, o al menos eso espero pues sé que no has terminado el cuento. Pero aprovechando que estaba pasando por España, he preferido bajar un momento para evitarte problemas con la compañía. Mira hijo, sus abogados son muy puntillosos con mi imagen y no dudarían en empapelarte si llegas a publicar tu cuento en cualquier sitio de Internet".

A estas alturas el papá y la mamá de Pedro estaban aterrorizados, sin saber qué decir, ni qué hacer. Pedro no entendía nada, sólo esperaba el momento en el que Santa Claus, ¿quién si no podría ser aquél señor?, le diese su ansiado regalo. El papá, para tratar de que aquella situación terminase lo antes posible, agarró su ordenador y cambió el texto del cuento, substituyendo la palabra verde por rojo. Inmediatamente el traje del vejete cambió de color, lo que hizo mucha gracia a Pedro. Tan sólo un segundo después volvió a producirse un fogonazo de luz intensa en el salón, aunque esta vez fue muy corto, y sin ningún estruendo. "Ho, ho, ho" dijo el vejete quien de repente desapareció dejando en su lugar una caja de Coca Cola con una felicitación para toda la familia en la que podía leerse: "Gracias por su comprensión". Ni Pedro ni sus padres comentaron jamás con nadie tan extraño incidente. Ni se les pasó por la cabeza beberse alguna de aquellas botellas de Coca Cola que, aquel mismo día, depositaron en el contenedor de reciclaje de vidrio. 



Pedro se quedó muy preocupado. Por la tarde, en plena actuación del Auto de Navidad en el colegio no hacía más que pensar que por culpa del dichoso cuento que su papá se había empeñado en escribirle, aquellas Coca Colas serían con toda seguridad lo único que Santa Claus le traería aquel año. A pesar de todo su actuación gustó tanto al público entregado compuesto por buena parte de su familia y por las familias de sus compañeros, que todos dedicaron una ovación espontánea a su corta pero memorable actuación. La noche del día veinticuatro Pedro casi no pudo dormir. En cuanto atisbó los primeros rayos de sol salió disparado hacia el balcón del comedor, el mismo por el que había entrado Santa Claus unos días antes. Allí le aguardaba, esta vez con el balcón cerrado, una Wii U con la que estuvo jugando la mayor parte del tiempo de aquellas navidades de 2013 con Super Mario 3D World, Pikmin 3, El prisionero de Zelda, y otros juegos que el vejete había ido repartiendo por las casas de sus tíos y abuelos.

El papá de Pedro quedó tan afectado por lo acontecido con Santa Claus en el comedor de su casa que llegó a plantearse eliminar las referencias a Coca Cola y a Nintendo de su cuento por temor a represalias futuras contra él o contra su familia. Finalmente se decidió a publicar el cuento que había escrito para Pedro respetando fielmente la realidad que él y su familia habían vivido aquel penúltimo domingo de 2013. No obstante, para evitar que se repitieran experiencias desagradables en el futuro a partir de entonces dejó de escribir cuentos basados en hechos reales como éste que ahora termina.

jueves, 17 de octubre de 2013

42 años del DynaBook

Hace 42 años Alan Kay escribía este resumen para su artículo A Personal Computer for Children of All Ages: "This note speculates about the emergence of personal, portable information manipulators and their effects when used by both children and adults. Although it should be read as science fiction, current trends in miniaturization and price reduction almost guarantee that many of the notions discussed will actually happen in the near future". Ahora puedes leer su contenido íntegro. En este artículo Alan Kay presentaba sus ideas para el DynaBook:

Choc: implementación de las ideas sobre Learnable Programming de Bret Victor

Hace unos meses conocí el trabajo de Bret Victor. Quedé impresionado con sus propuestas sobre Learnable Programming. Sus ideas sobre entornos de programación son muy refrescantes e innovadoras. Pasarás un buen rato leyendo sus propuestas, y si te ocurre como a mí, te quedarás con ganas de usar entornos como los descritos por Bret.

Recientemente me encontré con Choc, una implementación JavaScript de varias de las ideas de Bret Victor, publicada como Software Libre: choc y chock-explore.